Michael Phelps, dueño de 23 oros olímpicos y símbolo absoluto de la era moderna en la natación, se ha mostrado tajante en el Whoop Podcast con una frase que golpea por lo que dice y por lo que sugiere: "No quiero que mis hijos practiquen natación ni que atraviesen lo que yo viví durante más de dos décadas en el equipo de Estados Unidos".
Phelps explicó que durante años evitó hablar abiertamente de su depresión y ansiedad, atrapado en una identidad construida a base de medallas. Su descripción es la de alguien que se miraba al espejo y no se reconocía: no veía a la persona, sino al personaje. "Al mirarme no veía quién era realmente. Solo veía a un atleta con gafas y gorro", vino a decir.
El punto de inflexión llega cuando habla desde el presente: "Hoy me siento a gusto conmigo mismo". Phelps contó que mantiene un grupo privado de conversación con otras figuras públicas que también han pasado por episodios depresivos, entre ellas Dwayne Johnson, "La Roca".
"Podemos escribirnos a cualquier hora", comentó. Y dejó una idea clave que debería estar en el manual de cualquier deportista de élite: aceptar que a veces no se está bien también forma parte del proceso.
Estados Unidos ya no es la máxima potencia de natación
Pero el Phelps que se muestra vulnerable es el mismo que no se muerde la lengua cuando analiza el estado de la natación en Estados Unidos. De cara a Los Ángeles 2028, se declara poco optimista: "Durante décadas fuimos claramente dominantes, pero el resto del mundo nos ha alcanzado". Puso el foco en Australia, una potencia que aparece en casi todos los podios, y remarcó un fenómeno cada vez más evidente: cada vez más países celebran triunfos en grandes competiciones, incluso con nadadores formados en el ecosistema universitario estadounidense.
"Me inquieta la ausencia de liderazgo", lamentó, recordando que la organización tardó 372 días en nombrar a un nuevo director ejecutivo. Para Phelps, es un síntoma de parálisis: "No hay empresa ni institución que demore tanto una decisión de ese calibre".
También aseguró que se ofreció para colaborar y que su ayuda fue rechazada con desdén. El cierre, fiel a su carácter competitivo, suena a promesa: "Los atletas merecen un trato mucho más justo, y no pienso detenerme hasta lograr que eso cambie".
La gran paradoja es que Phelps sigue siendo Phelps: el que ganó todo. Pero ahora compite en otra piscina, más compleja y más real. Y su mensaje, especialmente en un deporte donde el silencio fue costumbre, apunta directo al corazón del sistema: el éxito no debería exigir dejarse a uno mismo por el camino.