Si no es el perro, es la cadena. Si no es la cadena, son unos vidrios rotos. Si no son unos vidrios rotos, es el megáfono. Si no es el megáfono, es la cámara. Y si no es la cámara, un ojo humano mira por oficio: el wachimán que, en su versión más formal, es el señor guardita. En Quito seguimos cuidando de nuestras casas con dispositivos comunitarios propios de un país que ya no existe y al que no queremos dejar morir: el Ecuador en el que la delincuencia era unidimensional y no organizada, y el miedo se resolvía con un poco de ingenio, voluntad y recursos. Nos dan una sensación de estar a salvo, pero vistos los tiempos que vivimos, son dispositivos de falsa seguridad.


Ahora estamos a merced de criminales cuya osada maldad nunca antes conocimos. Pero sean quienes sean, si eligen caminar por las cornisas quiteñas aceptan un pacto de dos peligros: el vacío y el vidrio.
La esquirla, el perro, la cadena, el megáfono, el guardia en su caseta. Tecnologías sin patente, soluciones económicas, a veces eficaces, siempre elocuentes: nos resistimos al delincuente por todos los medios posibles —especialmente cuando aquellos que deberían cuidarnos no solo que no lo hacen, sino que son quienes nos asaltan. Porque ser barrio es ser, también, flor de bastión. De identidad comunal, de chisme en contraseñas, de resistencia, como si nos preguntásemos de la vereda al balcón, del balcón al patio que colinda, del patio del vecino a la ventana de una tía: si nos cuidamos nosotros, ¿quién nos cuida?



A veces la respuesta es, también, solo uno se cuida: por eso ponemos vidrios en el perímetro de casa, soltamos el perro en la terraza, cruzamos la cadena frente al parqueadero, usamos un candado en la puerta, conectamos el megáfono, la cámara y pelamos el ojo. Son artilugios que parecen estar ahí desde siempre —como los volcanes o los tardígrados— y dan la impresión de que a nuestros barrios el robo también siempre le ha sido consustancial (después de todo, sospechamos que esos vidrios molidos no son sino la ciudad con los pelos de punta.

No finjamos. No es cándido el candado —le partiría la crisma a cualquier ser humano—, la botella rota corta; la cámara y el ojo —aceptémoslo— discriminan. No tienen espacio en su memoria para Vallejo, que dijo “confianza en el anteojo no en el ojo”. Ni en la una ni en la otra. El megáfono delata. El señor guardia increpa, interroga repele y a veces desenfunda un arma de dotación. Cada elemento añade una capa al resguardo que crece por acumulación dándonos a los quiteños una curiosa ilusión de seguridad, que se disipa al primer conato de asalto.



No hay parte de la ciudad que no recurra a estos dispositivos, hijos de una ingeniería del ingenio, placebos comunales y domésticos para un país —y una ciudad— donde cada vez nos sentimos más desprotegidos. Vivimos entre alarmas que despiertan al barrio entero pero que no evitan el robo. El foco con sensor de movimiento se prende pero siempre es demasiado tarde. El vigilante comunitario hace la ronda pero nunca el arresto. Nos alivia pensar que no le pasó nada mayor cosa. “Lo material se recupera”, es el mantra de una sociedad que se desencanta. Y aún así, nuestros barrios perderían algo de su esencia sin estos aparatos con los que nos resguardamos por si acaso.

La esquirla, el perro, la cadena, el candado, el megáfono, la cámara, el ojo humano funcionan en futuro condicional. No responde a un evento: anticipa una posibilidad y revela un temor. Por eso nunca parecen suficientes. Siempre cabe otro cerrojo, otra lente, otro letrero que anuncia las consecuencias del crimen: barrio organizado contra la delincuencia, todo ladrón será ajusticiado.



Hay una estética involuntaria en estos mecanismos. Las púas de hierro dibujan sobre las fachadas una caligrafía de hierro. El vidrio incrustado captura la luz de la tarde y convierte los muros en constelaciones bajas y peligrosas. La concertina —ese alambre de púas en redondelas—, vista desde lejos, hacen bucles que, con las nubes detrás de ellos, dan la impresión de que por fin el mar ha llegado a las faldas del Pichincha. Hay cierta poética en todo esto: después de todo, siempre hay algo retorcido en ser estoicos.



Si no es el perro, es la cadena. Si no es la cadena, son unos vidrios rotos. Si no son unos vidrios rotos, es el megáfono. Si no es el megáfono, es la cámara. Y si no es la cámara, un ojo humano mira por oficio. No es una enumeración inocente, sino la lógica de una ciudad que ha descubierto muchísimas formas de la seguridad doméstica.

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