Hay deportistas que juegan al fútbol. Algunos lo hacen francamente bien. Y hay futbolistas que juegan, y juegan muy bien, pero también practican de manera equivocada, un inquietante ejercicio que perturba y lo intoxica todo: y ahí encontramos a Vinicius. Talento descomunal, regate eléctrico, capacidad para incendiar, por habilidad, un partido y, últimamente, una pericia casi quirúrgica para convertir cada encuentro en un debate continental. Europa tiembla, las tertulias echan humo y las redes sociales se ponen una toga que ni pueden ni saben vestir.
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