El pesimismo, la desmoralización y el desánimo se han extendido como un reguero de pólvora entre el zaragocismo. Las últimas semanas de competición y los pésimos resultados, con solo una victoria en once jornadas, han terminado por minar la moral de la tropa, esa a la que el equipo no da más que disgustos y a la que Rubén Sellés se dirigió como si dieran pases y marcaran goles, repartiendo injustamente responsabilidades cuando todas están donde están.
No es para menos. Con solo 15 jornadas por disputarse, el Real Zaragoza es colista de Segunda División con una cifra raquítica de puntos: 24 en 27 jornadas. De 81 posibles, solo el 29,6%. La zona de la permanencia está ahora mismo a seis. Sin esprints demasiado sostenidos, varios equipos han abierto una brecha importante. Por ejemplo, el Granada y el Andorra suman 32, a ocho de distancia.
Por debajo de ellos solo quedan cinco clubs y el descenso condenará, sí o sí, a cuatro. Es decir, el margen de maniobra que tiene el Real Zaragoza para buscar el milagro más difícil de todas estas temporadas en Segunda es realmente estrecho, casi imperceptible a la vista. Pero existe. Quiere decir esto que el equipo aragonés no está descendido, ni virtualmente ni de facto.
Para hacer posible lo que parece imposible, Rubén Sellés y sus jugadores necesitarán doblar el porcentaje de puntos por partido y sumar en 15 jornadas lo que han hecho en las 27 anteriores o algo más. Ganar al menos ocho partidos y arañar algún empate. A estas alturas de la Liga, con agosto, septiembre, octubre, noviembre, diciembre, enero y casi febrero vencidos, el Real Zaragoza ha ganado cinco encuentros.
Así de comprometida y aparentemente inaccesible está la situación. Hace nada, el 10 de enero, el equipo de Sellés se impuso por 2-3 en Santander y firmó el mejor partido de toda la Liga. Nadie hubiera imaginado ese día lo que venía después. Han transcurrido más de seis semanas y ese mismo equipo está de nuevo irreconocible: suma seis jornadas sin ganar y cuatro puntos de los últimos 24.
La caída en picado ha puesto a Sellés en la picota. El entrenador valenciano consiguió lo imposible una vez: convencer de que él era el hombre. Ahora mismo, su situación está en las antípodas de aquella. Este sábado, ante el Burgos, tiene la última bala que guarda su recámara. Merecería la mayor de las reprobaciones que su equipo saltara al césped del Ibercaja Estadio con la misma displicencia que el pasado domingo en Andorra. Hay que levantar los brazos. Francho Serrano lo escenificó perfectamente este miércoles con una rueda de prensa que fue a la vez una súplica, una proclama, una arenga y un grito de desesperación cargado de zaragocismo verdadero dirigido hacia dentro y hacia fuera del club. El Real Zaragoza lo tiene crudo, pero aún no está descendido.