Cuando José Antonio Quiroga, director de Plural Editores, tuvo a la amabilidad de invitarme a participar en el acto de presentación en La Paz de las Obras completas de Gabriel René Moreno, publicadas por esta editorial con el respaldo del Museo de Historia de la universidad pública de Santa Cruz, no me quedó del todo claro si lo hacía porque yo había publicado objeciones críticas a algunos textos de René-Moreno o si lo hacía a pesar de que yo hubiera hecho tales objeciones a dichos textos.
Se creó una zona de ambigüedad que después no quise despejar y que voy a mantener en este comentario porque me parece que lo correcto es acercarse, justamente, con cierta ambigüedad crítica a personajes como René Moreno, uno de los padres de la literatura boliviana.
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Cualquier incondicionalidad respecto a los manes fundadores nos podría sacar del terreno de la propia literatura o de la historia y sumergirnos en las aguas borrascosas de la ideología y la política.
Hace algunos años, fui invitado por Beatriz Rosells a hablar en una mesa sobre Franz Tamayo que había organizado la Carrera de Historia. Otro de los participantes era el filósofo HCF Mansilla, que, como se sabe, no es partidario de los escritores irracionalistas, así que zarandeó un poco a Tamayo. En ese momento, un señor que estaba presente en el público se incorporó y, “en nombre de los paceños”, denostó a Mansilla. Por suerte la cosa no pasó a mayores, pero sirve de advertencia de lo que ocurre cuando se convierte a los intelectuales del pasado en componentes de las identidades del presente.
Ciertamente, el esfuerzo de completar el conocimiento sobre un autor reuniendo en una sola bolsa tanto sus textos principales como sus escritos ocasionales e incluso su correspondencia, implica una cierta incondicionalidad respecto a este. En el peor de los casos, requiere pensar que todo lo que un individuo ha escrito es imprescindible. En el mejor, que ese escritor o escritora ha sido tan importante para una determinada comunidad lectora que conocer hasta la última línea que ha escrito es útil y tiene valor; en otras palabras, que no se debe dejar nada de lo suyo a la “crítica roedora de los ratones”. La producción de unas obras completas está, entonces, perfumada con el aroma del homenaje y forma parte de un acto crítico ahora cuestionado pero siempre real que es la entronización de algún escritor o alguna escritora en un canon literario.
O, dicho a la inversa, la existencia de un canon requiere, además de un conjunto de factores educativos y psicosociales, de una determinada materialidad, es decir, de que las obras de quienes se pretende canonizar estén a disposición: identificadas, curadas, accesibles. Esta materialidad la provee, primero que nada, la institución de la biblioteca y, como una derivación y extensión social de esta, lo hacen ejercicios editoriales como las obras completas.
A todos estos respectos, Bolivia está retrasada dentro del continente. Es muy llamativo que la primera edición de las Obras completas de René Moreno esté fechada en 2025, cuando las Obras del argentino Sarmiento se publicaron a fines del siglo XIX, las del chileno Vicuña Mackenna aparecieron en los años 40 del siglo pasado, etcétera.
Me resisto a atribuirlo exclusivamente a la oposición que en 1933 planteó Tamayo (otra vez Tamayo) a una iniciativa para que el Estado se hiciera cargo de la composición de tales obras completas. Los argumentos del poeta y parlamentario paceño no vienen a cuento. De todas maneras, los años que nos separan de 1933 son muchos. Que en todo este tiempo no se hubiera subsanado la carencia de las obras completas de René Moreno habla sin duda de la existencia de formidables obstáculos estructurales y también subraya, más que cualquier adjetivo hiperbólico, la excepcionalidad de la tarea realizada por Plural Editores y los editores Alfredo Ballerstaedt y Mauricio Souza.
La obra de René Moreno es una catedral, siempre y cuando se tome en cuenta que las catedrales no solo tienen naves, bóvedas, ojivas y pilares, sino también sótanos y criptas. Este símil puede ser atractivo para los morenistas, porque permite colocar las ideas racistas de su héroe, que ellos llaman “sociológicas”, en un compartimento separado y supuestamente aislado del resto de su trabajo, aunque en realidad estas ideas, y la forma en que él las presentó, lo convirtieron en el mayor exponente boliviano del darwinismo social, la aborrecible ideología que defendían las élites latinoamericanas de su época.
René Moreno tuvo una vida dedicada y casi diría que monopolizada por los libros. Era una especie de prisionero atrapado por un amor a los papeles y sucesos del pasado que, debido a su grado obsesivo, lo encadenaba a su escritorio, lo arrebataba de la vida cotidiana, lo hacía sudar a mares para elaborar morosamente una obra que Bolivia desconocía, y en Chile y Latinoamérica no interesaba a casi nadie. El historiador definió esto como un delirio que podían asociarse a otros brotes de locura que se habían dado en su familia.
Se ha dicho que la locura de René-Moreno fue su condena y nuestra bendición. Yo relativizaría ambas equivalencias. Ni tan condena, porque seguramente el historiador disfrutaba de su oficio; ni todo fue bendición, porque queda siempre la obligación del presente de cribar los desatinos del pasado.
“Obras completas” es un conjunto también completo de oportunidades para aventurarse en la exploración de un continente llamado Gabriel René Moreno. Así como cualquiera puede hacerse de un René Moreno en miniatura a partir de un solo pequeño ensayo que encuentre en ellas, cualquiera puede decidir leer de principio a cabo, y una y otra vez, los siete tomos impresos y los diez digitales de esta colección como si fueran la Torá o la Enseñanza de Lacan, y convertirse así en el mayor y más minucioso experto en Moreno del mundo. La materialidad significante de la obra ya está fijada. A partir de ahí, las posibles interpretaciones del lector son innumerables.
(*) Fernando Molina es periodista
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