Barcelona siempre ha destacado por su particular estructura urbana, una organización difícil de encontrar en otras grandes ciudades del mundo. Sin embargo, su futuro debería pasar por transformaciones profundas. Al menos así lo considera la arquitecta Nuria Moliner.
Así debería ser la Barcelona del futuro, según la arquitecta Nuria Moliner
En una reciente conversación con la activista medioambiental Carlota Bruna, la arquitecta y divulgadora expresó la que era su visión para la Barcelona del futuro: una en la que hubiera más árboles, más sombra y más biodiversidad... y menos cemento.
Los cambios que propone Moliner derivan del aumento constante de las temperaturas y de conseguir que Barcelona sea una ciudad más habitable en este sentido. Como ejemplo, menciona que en calles arboladas pueden llegar a registrarse temperaturas de hasta diez grados inferiores a aquellas expuestas al sol.
Asimismo, menciona que el uso habitual de pavimento oscuro y hormigón, además de un diseño urbano muy condicionado por la circulación de los coches, no hace más que intensificar el efecto isla de calor. Ante este escenario, sugiere que deberían existir más espacios con vegetación y superficies drenantes que absorbieran mejor el agua y ayudaran a reducir la temperatura.
Es en este punto cuando Nuria Moliner realiza una de sus sugerencias más llamativas: el objetivo debería ser cumplir con la regla 3-30-300. Lo que propone esta numeración es lo siguiente:
- Que se puedan ver tres árboles desde casa.
- Que se cuente con una cubierta verde en el barrio del 30%.
- Que se tenga un espacio natural o parque a menos de 300 metros de distancia respecto a la vivienda.
Esta medida iría acompañada de más bancos, parasoles y sillas móviles. El objetivo sería que las calles dejaran de ser únicamente lugares de paso y también invitaran a descansar, leer o relacionarse con otras personas.
En cierta forma, la arquitecta tiene una visión de la Barcelona del futuro menos ligada a las ciudades convencionales y más a la conceptualización de un bosque; es decir, mucha vegetación repartida, barrios que puedan recorrerse fácilmente a pie o en transporte público y todavía una mayor presencia de carril bici en detrimento de los coches.
Moliner pone como ejemplo a Copenhague, una ciudad en la que la bicicleta ha alcanzado una posición dominante gracias a políticas diseñadas para convertirla en una alternativa cómoda y eficaz al coche.
En definitiva, Moliner considera que Barcelona debe continuar transformándose en una ciudad más verde, sombreada y menos dependiente del coche. Una evolución que resultará especialmente importante ante un futuro marcado por temperaturas cada vez más elevadas y episodios de calor más frecuentes.