Simone Biles (Ohio, 1997) no sólo es la mejor gimnasta de todos los tiempos. Es valentía. Coraje. Es el símbolo de una generación que entendió que la grandeza también pasa por saber parar, cuidarse y alzar la voz.
Con apenas 19 años, maravilló en su debut en Río 2016 con su destreza y consecucción de cuatro medallas de oro en las pruebas de suelo, salto, general individual y general por equipos, y una de bronce en la competencia de la barra de equilibrio.
En Tokio 2020, tomó la valiente decisión de dar un paso al lado para priorizar su salud mental. Su fortaleza y resiliencia la llevaron a convertirse en mucho más que un icono deportivo.
"A veces todavía me pregunto si mi madre biológica se arrepiente"
Con 41 medallas entre Juegos Olímpicos y Campeonatos Mundiales en su haber, Biles no tuvo una infancia precisamente sencilla. Su madre era drogadicta y no llegó a conocer a su padre, por lo que tanto ella como su hermano fueron adoptados y criados por sus abuelos. Su espíritu de superación y resiliencia, pues, vienen de lejos.
Tenía sólo tres años cuando los servicios sociales de Columbus, Ohio, tuvieron que intervenir para rescatar a cuatro hijos de Shanon Biles, que estaba inmersa en la droga y el alcoholismo. Las autoridades le quitaron a la madre la custodia de sus niños.
El padre de Shanon, Ronald Biles y su segunda mujer, Nellie, se quedaron con las niñas menores, Simone y Adria. Considera a Nellie su madre y mantenía el contacto con su madre biológica: "Cuando era más pequeña me preguntaba qué habría sido de mi vida si no hubiese pasado nada de esto. A veces todavía me pregunto si mi madre biológica se arrepiente y querría haber hecho las cosas de manera diferente, pero evito plantearme estas preguntas porque no las tengo que responder yo", explicó varios años atrás a medios estadounidenses.
Encontró refugio en la gimnasia... un deporte que conoció de casualidad. A los seis años, quedó prendada de esta disciplina durante una visita escolar a un centro de gimnasia artística. Su talento innato impresionó tanto a los entrenadores presentes que recomendaron que la inscribieran en clases. Dos años más tarde fue descubierta por su exentrenadora Aimee Borman.
Antes de Río, ya había hecho historia al convertirse en la primera gimnasta afroamericana en ganar el título mundial individual general, hito que repitió tres años consecutivos (2013, 2014, 2015).
Víctima de abuso sexual
En enero de 2018, Simone reveló que había sido víctima de abuso sexual, perpetrado por el médico del equipo estadounidense de gimnastas Larry Nassar, condenado a décadas de cárcel por abusar de al menos 265 gimnastas durante los años que trabajó en el equipo.
"Últimamente me he sentido quebrada y cuanto más trato de apagar la voz en mi cabeza, más fuertes son los gritos. Ya no tengo miedo a contar mi historia", dijo en 2018. "Yo también soy una de las muchas sobrevivientes que fueron objeto de abuso sexual por Larry Nassar", escribió vía 'X'.
"Me he prometido a mí misma que mi historia será mucho más grande que esto y prometo a todos ustedes que nunca voy a darme por vencida", sentenció.
Su salto más valiente
En los Juegos Olímpicos de Tokio 2020, protagonizó uno de los momentos más influyentes del deporte moderno. Con el mundo pendiente de cada ejercicio, decidió retirarse de la final de la competición de gimnasia por equipos para priorizar su salud mental tras sufrir los llamados “twisties”, una desconexión peligrosa entre mente y cuerpo que puede provocar graves lesiones en el aire.
Un bloqueo que afecta a cualquier deportista pero es especialmente peligroso en el caso de los gimnastas. Si lo sufren, significa que cuerpo y mente no están bien conectados y las posibilidades de sufrir un accidente son muy altas. Pueden perder la noción del espacio y la dimensión cuando se encuentran haciendo alguna figura en el aire y acabar ejecutando algún movimiento que no tenían programado, poniendo en riesgo su integridad física.
Se llegó a especular que su retirada se debía a una lesión en el pie, pero salió al paso para negarlo: "No estoy lesionada, simplemente tengo una pequeña herida en mi orgullo".
"Tenemos que proteger nuestras mentes y nuestros cuerpos. Esto no es simplemente salir y hacer lo que el mundo quiere que hagamos. Es más importante la salud mental que el deporte ahora mismo", aseguró.
Su decisión generó debate, sí. Pero rompió un tabú. Logró que se hablase de ello públicamente. Dejó a un lado la presión extrema, la autoexigencia y el silencio emocional para centrase única y exclusivamente en cuidarse a sí misma. Reivindicó la salud mental como una prioridad, no como una debilidad.
Un palmarés irrepetible
Desde su irrupción en el ciclo olímpico que culminó en Río 2016, su dominio ha sido abrumador: múltiples oros olímpicos y una colección histórica de medallas mundiales que la sitúan como la gimnasta más laureada de todos los tiempos.
Es pura potencia. Tiene mucha flexibilidad y una fuerza explosiva impresionante para su tamaño (1,42m). Posee dos epónimos en suelo, es decir, elementos gimnásticos que son reconocidos con su nombre por ser la primera gimnasta en realizarlos en una competición oficial.
El Biles I, que consiste en la combinación de dos elementos, doble mortal extendido hacia atrás con medio giro, lo enseñó al mundo en el Campeonato Mundial de Gimnasia Artística, celebrado en Amberes 2013. Y el Biles II, que lo realizó por primera vez en el Campeonato Mundial de Gimnasia Artística, en Stuttgart 2019, es la combinación de una triple pirueta con doble mortal agrupado hacia atrás.
Simone Biles no solo ganó en el tapiz. Ganó en el debate público, en la defensa de las deportistas y en la redefinición del concepto de fortaleza. Su figura trasciende el deporte: representa a todas las mujeres que han aprendido que parar también es avanzar.